PSICOLOGÍA Y DESARROLLO NACIONAL: EL CASO ARGENTINO

Enrique Saforcada*

 

Ante todo, quiero agradecer a la Asociación Argentina de Ciencias del Comportamiento, particularmente, a su Presidenta actual, Silvina Brussino, por el honor y la oportunidad que me han conferido de estar hoy acá reunido con ustedes en ámbitos de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba, con motivo de la realización de la 9 Reunión Nacional de esta Asociación.

También otros factores incrementan la satisfacción de estar acá. Por un lado, hace muchos años fui partícipe de la reunión fundacional de esta Asociación, por otro, hace muchos más años transité por los ámbitos de esta Facultad como miembro de la primera camada de alumnos de la Carrera de Psicología y Pedagogía creada en 1956 en la Facultad de Filosofía y Humanidades de esta Universidad, a instancias del Prof. Raúl Piérola.

En julio del año siguiente, 1957, cursamos la materia Psicoestadística con un profesor de la Universidad de Loyola, de la ciudad de Chicago, Estados Unidos. Este profesor, de nacionalidad argentina, médico y psicólogo, fue quien asesoró al Prof. Piérola para transformar la carrera recién creada en dos carreras, separando las dos disciplinas. Así surgió el plan de estudio de la nueva Carrera de Psicología que, a instancias de este profesor venido del exterior, se organizó en departamentos. Nunca llegaron a funcionar en tal condición, no obstante, nos sirvió de ordenamiento conceptual de la disciplina. Estos cambios fueron fundantes de una perspectiva rigurosa de la carrera a la que habíamos ingresado, dejando en nosotros, los alumnos de aquel entonces, una firme concepción científica de la Psicología. Me estoy refiriendo al Dr. Horacio Rimoldi.

En 1956 ingresamos 30 ó 35 alumnos que, al surgir el nuevo plan, pudimos optar entre los dos planes. Alrededor de 17 alumnos nos pasamos al plan de Psicología del cual egresamos todos, aproximadamente, entre 1960 y 1963; yo debo haber sido de los últimos en graduarme. Como Tesis de Licenciatura presenté una investigación en psicoacústica que realicé en el Centro de Investigaciones en Acústica y Luminotecnia, el CIAL, de la Faculta de Arquitectura de esta Universidad, que dirigía el Ing. Fuchs. En este Centro de Investigaciones, donde también tuvo mucha influencia orientadora el Dr. Rimoldi, se estructuró posteriormente, no por acción mía, toda una línea de investigación en psicofísica que luego se transformó en un Centro financiado por el CONICET y que hoy continúa activo en la Universidad Tecnológica Nacional, Regional Córdoba, con la denominación de Centro de Investigación y Transferencia en Acústica (CINTRA). Ana Verzini y Cristina Biassoni, al igual que el Ing. René Serra, estuvieron en los inicios y en la continuidad, hasta el día de hoy, de este emprendimiento científico.

Volvamos a la Carrera de Psicología. Diez años después, estando al frente de la materia Psicología Social promoví la creación del Centro de Investigaciones en Psicología Social de la Escuela de Psicología  -hoy transformada en Facultad-  donde comenzamos a trabajar estableciendo tres líneas de desarrollo, una de las cuales estaba dirigida a la salud colectiva y el trabajo en la comunidad. En el marco de esta actividad nos vinculamos con el Dr. Juan Marconi, profesor en la Facultad de Medicina de la Regional Sur de la Universidad de Chile y Director del Programa Integral de Salud Mental del Área Sur de Santiago de Chile, a donde enviamos para hacer una breve pasantía al Lic. Miguel Barrionuevo, que era parte de nuestro equipo de trabajo.

En 1973 invitamos a Marconi para que todo el equipo pudiera dialogar con él y para que diera algunas conferencias. Al inicio del año siguiente fue contratado por el Instituto Provincial de Atención Médica, el IPAM,  -no voy a narrar las vicisitudes de esta contratación, motivada por la imposibilidad de lograrla en la Escuela de Psicología; sería muy largo y complicado, ya se vivían años de anormalidades, miedos y dobleces. No obstante, Marconi trabajó con el equipo del mencionado Centro de Investigaciones en Psicología Social, dado que ésta era la finalidad de su estadía en Córdoba. Su trabajo no tuvo reconocimiento de la Universidad, pero igualmente nos capacitó para poner en marcha, bajo su dirección, el “Programa Integral de Salud Mental (alcoholismo y neurosis) de la ciudad de Córdoba (Variante intracomunitaria)”, el cual estuvo en funcionamiento hasta comienzos de 1975 en que las circunstancias políticas de la Provincia de Córdoba y del país hacían imposible trabajar en comunidad.

Estando al frente de la cátedra de Psicología Social II en 1974, con el equipo docente de la misma, dicté un programa que versó acerca de "Psicología Social y Salud Mental", cuya clase inaugural la dio Marconi. Luego, en 1975, enfocamos el programa en "Psicología Social aplicada a la Salud Mental en el contexto de Salud Pública".

Marconi había regresado a Chile en septiembre de 1974, habiendo permanecido en Córdoba durante nueve meses continuos y dejando en nosotros una clara concepción de la responsabilidad social de la Psicología. Sin lugar a dudas, él fue parte de los factores y del proceso que desembocó en la creación pionera de la Psicología Sanitaria en el mundo, acá en Córdoba, por aquellos años inmediatamente previos a la ignominia del golpe militar de marzo de 1976.

Disculpen que haya hablado haciendo referencia a mi persona, pero resulta que tuve la suerte de ser partícipe, junto a muchos otros colegas y alumnos, de aquellos momentos iniciales y de situaciones que dejaron huellas que se expandieron y perduran hasta el día de hoy. No estoy dando todas estas referencias  -que desde el punto de vista emocional son recuerdos, lazos afectivos y reconocimientos-  por razones románticas. He mencionado estas personas y hechos porque han sido situaciones y presencias, fugaces algunas, orientadoras de concepciones fértiles y persistentes, porque han sido manifestaciones de tenacidad y de un sostenido remar contra la corriente no frecuente en Argentina, un país que se ha caracterizado por una sucesión de alternancias de construcción y destrucción, de inicios y abandonos, de reunión de voluntades que luego se transforman en voluntades de oposición, de enfrentamientos que no están motivados porque el otro haga algo que nos perjudique, sino por el simple hecho de que el otro existe.

Tal vez se sientan estas últimas consideraciones como negativistas, pero no es así, en todo caso buscan la lucidez y la reflexión necesaria para que a partir de una visión realista de las cosas se tomen fuerzas para dirigir nuestro accionar hacia metas de reorientación y de superación mancomunada teniendo en cuenta que con poco, desde el punto de vista numérico (profesores, equipos de trabajo, etc.) se puede hacer muchísimo para cambiar significativamente la situación de la psicología en nuestro país.

A pesar de todo lo negativo y de la multiplicidad de obstáculos, hay que insistir, como insistió esta Asociación Argentina de Ciencias del Comportamiento, a la cual se la ve hoy en plena expansión y diversificación temática; como fue insistente y tenaz Juan Carlos Molina y la gente que lo ha acompañado en lo que en nuestro país son verdaderas aventuras admirables de la ciencia y que en cualquier otra nación serían simplemente buenos desarrollos científicos; como insistieron Ana Verzini, Cristina Biassoni y René Serra; como fueron tenaces Livio Grasso y quienes lo acompañaron, varios de ellos muy jóvenes psicólogas y psicólogos recién egresados de la entonces Carrera de Psicología, que fueron autodidactas en epidemiología: Jacinta Burijovich, Silvina Brussino, Marcelo Sandomirsky, Natalia Falcone, Marcos Barreto y Víctor Vaggione, que generaron el único instrumento, no importado, de tamizado (screening) en salud mental con que cuenta nuestro país, el Cuestionario Epidemiológico de Sintomatología Mental (CESIM).

Todo esto se fue dando acá en Córdoba con gente egresada de una carrera de psicología muy deficitaria  -me permito esta crítica porque se trata de una Universidad Pública y por lo tanto me pertenece como ciudadano y porque fui alumno y profesor en ella-, carrera por la que, inclusive, transitaron como docentes algunas personas realmente nefastas desde el punto de vista académico y, en algunos casos, también moral. No obstante, hay algún fermento en esta tierra cordobesa que ha hecho que fructifiquen la creatividad, la inteligencia y la voluntad de personas como las que he nombrado y, sinceramente, creo que ese fermento es los Horacio Rimoldi, Juan Marconi, Andrés Raggio, Luis Prieto, Pedro Rapela y otros pocos, muy pocos, que trazaron caminos fértiles y despertaron gérmenes que luego dieron frutos, a pesar de todo.

Tengan presente que estoy apelando sólo a la memoria; es seguro que debería mencionar algunos otros nombres e instancias institucionales, pero los recuerdos surgen por procesos espontáneos que uno maneja a medias.

Lo narrado permite mostrar cómo unas pocas circunstancias docentes puntuales o el accionar innovador de un grupo de profesionales jóvenes o el paso de una figura que dejó algunas marcas de rigor intelectual y de entusiasmo con lo que se hace, pequeñas cosas en términos cuantitativos o fugaces en términos de tiempo, luego perduran y se multiplican transformando lo que fue una senda en una ancha avenida por la que pueden caminar un número considerable de nuevos científicos y científicas, como así también de nuevos profesionales. Esto lo estoy diciendo al sólo efecto de señalar que no hay ningún esfuerzo inútil y que, por adversas que sean las condiciones o el pasado de una disciplina, siempre es posible modificar sus rumbos y ampliar sus escenarios de modo de hacerla más eficaz y eficiente en sus aportes al país en el que se desarrolla.

Pasemos ahora a revisar un poco más ampliamente las cosas de la psicología en la Argentina y veamos cuáles han sido las distorsiones, los errores y las obstaculizaciones, y cuáles son los caminos posibles a recorrer de modo de dejar abiertas para la juventud actual y futura una serie de instancias de formación, de investigación básica y aplicada, y de ámbitos de inserción de la psicología en función de lo cual esta disciplina pueda hacer los aportes que son necesarios para lograr el desarrollo humanamente integral de nuestra Nación. Al verbalizar esta expresión “desarrollo de nuestra Nación”, desearía que se tenga presente lo que Albert Camus escribió en sus “Cartas a un amigo alemán”: “Las palabras adquieren siempre el color de los actos o de los sacrificios que suscitan”.

Sólo diecisiete años después que Wundt comenzara las investigaciones sistemáticas en el laboratorio que había fundado tres años antes en Alemania, en Argentina comenzaba el desarrollo de la psicología en el ámbito universitario, con la cátedra de psicología que se puso en marcha en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y la fundación del Laboratorio de Psicología Experimental que dirigió el Dr. Horacio Piñero, siguiendo la orientación dada por Wundt. De ahí en más, comienza a darse un progreso de esta ciencia en nuestro país que acompasaba lo que ocurría en Europa y presagiaba un avance vigoroso y amplio de la disciplina en Argentina, que en aquel entonces era pionera en América Latina en la materia. Estos presagios no se cumplieron y la psicología se eclipsó de forma muy notoria, limitándose en general a trabajos en psicotecnia y orientación vocacional.

Luego, entre 1955 y 1957, se crearon las primeras carreras de Psicología en las universidades nacionales, empezando por la Universidad Nacional de Rosario y continuando luego en la de Córdoba, Tucumán, Buenos Aires, La Plata, Cuyo y Mar del Plata. En los casi cincuenta años transcurridos, en los cuales a estas siete universidades públicas se le sumaron diecinueve universidades privadas que también pusieron en funcionamiento esta carrera, se han formado en nuestro país decenas y decenas de miles de psicólogas y psicólogos.

En un artículo aparecido en septiembre de 1969 en la Revista de Psicología que fundara Hilda Marchiori acá en Córdoba, titulado “Problemas y riesgos de la psicología en Argentina”, se señalaba que habían “... transcurrido aproximadamente 13 años desde la creación de las primeras escuelas de psicología en el país y unos 7 años desde que comenzaron a egresar sus alumnos. El resultado es un profesional que no tiene idea clara de su función en nuestra sociedad y una sociedad que no sabe que hacer con estos profesionales [...] hace falta que las autoridades pertinentes comprendan que hay que orientar la formación de los psicólogos de otra forma, desarrollar la investigación en psicología, sobre todo con enfoques interdisciplinarios y enraizados en la realidad socio-cultural argentina, e integrar al psicólogo a las instituciones en donde esta ciencia pueda prestar buenos servicios. En caso contrario, soy muy pesimista en cuanto al futuro de la psicología en nuestro país”. Esto, que fue escrito hace treinta y cuatro años, tiene hoy casi la misma vigencia que en aquella época, la diferencia está en que lo que potencialmente podía llegar a ser negativo se ha convertido en una realidad concreta.

Esta situación creo que hace necesario analizar lo que se fue dando en nuestro país, en el ámbito de la psicología, con relación a los siguientes componentes: 1) la investigación básica y aplicada; 2) la formación de grado y posgrado; 3) la vinculación del desempeño de los graduados con los problemas de factor humano de la Argentina.

El análisis que haré será en términos de las tendencias generales y no de detalles porque, permítanme una analogía, uno puede observar elementos de gran valor estético y de perfección en un edificio  -algún elemento ornamental de la fachada, un espléndido vitreaux de alguna ventana, etc.-  y no obstante estar el edificio a punto de caer por fallas estructurales fundamentales que involucran sus cimientos y sus columnas.

Con relación al primer componente, lo primero a tomar en cuenta es que las carreras y los posgrados de psicología en Argentina han excluido y excluyen, casi siempre, la formación seria y sistemática en investigación. A su vez, los organismos gubernamentales  -incluyendo las universidades públicas-  y privados de financiación de la investigación marginan notoriamente a nuestra disciplina. En general, se escucha en estas instituciones que la tradición científica y la producción de la psicología local son muy pobres, razón por la cual el dinero se orientan hacia otros campos disciplinares, sobre todo hacia las ciencias duras, no reconociendo tal naturaleza en la psicología. Esto se ha convertido en un círculo vicioso difícil de romper porque tiene algo del teorema de Thomas o, como también se lo denomina, la profecía autocumplida.

Por otra parte, los pocos centros y equipos de investigación básica psicológica actualmente existentes en Argentina, en líneas generales  -recordemos aquello de que la excepción confirma la regla-, no tienen impacto en los centros académicos de formación de grado y posgrado de los psicólogos y psicólogas; tampoco inciden en el ámbito científico-profesional pues se carece de medios de comunicación con buena circulación en la cual se publiquen sus producciones científicas. Este tema tiene muchas aristas, pero lo grave es que en la comunidad científica nacional la psicología no es visualizada y la imagen de la disciplina en el ámbito de sus propios profesionales y de la población lega no involucra casi ningún aspecto de ciencia básica. Nuestra producción en esta orientación es poca, pero si tuviera amplia visibilidad haría un aporte importantísimo al fortalecimiento de la imagen de nuestra disciplina tanto en la mencionada comunidad científica como en el ámbito de la sociedad en general, lo cual es fundamental.

Por otra parte, dentro de las falencias en esta rama de la investigación psicológica se puede señalar especialmente, por lo multifacético de su importancia, la poca cantidad de psicólogos y psicólogas que trabajan en neurociencias  -estimo que Córdoba es una de las excepciones-  y la ausencia, tal vez total, de colegas integrando específicamente equipos de investigación en psicoinmunoneuroendocrinología.

En lo que hace a la investigación aplicada hay dos vertientes importantes a tener en cuenta: a) la evaluación de programas y proyectos; b) la construcción de instrumentos de medición y diagnóstico que, en sentido estricto, también son de medición. El análisis de este campo es sencillo: por un lado, prácticamente ninguna actividad de psicología aplicada o que la involucre es evaluada en Argentina y, por otro, casi todo el instrumental de medición que se pone a disposición de nuestros psicólogos y psicólogas se reduce a una permanente importación de material extranjero, principalmente anglosajón, a pesar de la enorme influencia de lo cultural en tales cuestiones  -influencia que va mucho más allá de lo que puede subsanar todo tipo de adaptación y de varemos que se construyan, como bien lo demuestran muchos estudios provenientes del campo de la psicología cultural, al estilo de los trabajos de Michael Cole. Esto tiene una circunstancia agravante: esta actividad de importar instrumentos de medición ha tomado en nuestro país el cariz de un negocio editorial y curricular por parte de colegas que han puesto en circulación material que carece de todo rigor científico, porque las adaptaciones psicométrica son intelectual y técnicamente complejas y económicamente costosas, y muchos de ellos carecen de ambos soportes.

Es importante tomar buena cuenta de otro problema muy significativo de la psicología argentina en que la actividad investigativa adquiere un papel trascendente: una parte importante de la población y de los problemas del país pertenecen al ámbito de lo rural y carecemos de modo absoluto de una psicología rural integrada por desarrollos teórico-conceptuales que den cuenta de la subjetividad y el comportamiento, como así también de las modalidades de manifestación y dinámica de las funciones superiores del psiquismo de los habitantes de estos ámbitos, psicología que deberá involucrar también los instrumentos de medición necesarios.

Si bien puede parecer una exigencia exagerada, corresponde a su vez demandar a la psicología argentina el desarrollo de especialidades y orientaciones que den cuenta de las realidades psicológicas y psicosocioculturales de las múltiples etnias naturales de la región que hoy ocupa nuestro país: Toba, Tehuelche, Wichi, Mapuche, Mocoví, Diaguita, Guaraní, Chiriguano, Kolla, Chulupí, Pilagá, Tapiete, Chorote y otras más. He nombrado trece naciones indígenas naturales de América dentro de nuestra nación, o sea, trece culturas de gran diversidad que son una inmensa riqueza nacional que pocos países en el mundo poseen y que, por vía de la diversidad aceptada, enriquecerían y beneficiarían, en términos de desarrollo humano, enormemente a nuestra Argentina. Lógicamente, para lograr que la actual diversidad rechazada y discriminada propia de la personalidad básica nacional se transforme en diversidad aceptada es necesario un trabajo imposible de realizar sin el aporte de nuestra disciplina y sin el empeño tenaz, idóneo y riguroso de un cierto número de colegas insertos en el sistema educativo formal, en los medios de comunicación masiva del país, etcétera. Todos estos pueblos poseen valiosos patrimonios psicosocioculturales, un componente de ellos, por ejemplo, es la comprensión tan acabada de lo que es un ecosistema sustentable y la relación respetuosa e inteligente de sus integrantes con la naturaleza. Esto sólo acrecentaría nuestra formación académica más que muchas bibliotecas a ser leídas, como ocurrió en la Audiencia Pública de la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo reunida en San Pablo en 1985 en la que el Pajé Milton, de la etnia Krenak residente en la Amazonía, habló en su carácter de Coordinador de la Unión de Naciones Indias del Brasil y les dio a los concurrentes una lección de humanismo y de sustentabilidad ecosistémica como seguramente nunca habían recibido en los ambientes académicos por ellos transitados.

Pasemos ahora a reflexionar con respecto al segundo componente: el de la formación de grado y posgrado. Seré sintético al respecto porque lo que ocurre en el ámbito de la formación académica de nuestros psicólogos y psicólogas es mucho más visible y conocido. No obstante, es necesario ser cuidadoso cuando se analiza este problema, en el sentido que, por un lado, no es suficiente mirar las curricula de formación de grado en esta disciplina, pues los nombres de las materias a veces guardan poca relación con el contenido real que se dicta en las mismas y, por otro, es preciso revisar cuidadosamente la bibliografía de cada programa, dado que frecuentemente los temas explicitados en ellos ocultan orientaciones teóricas incongruentes y la falta de soporte científico.

Hecha esta salvedad, me parece que lo más importante es observar que, en términos generales, la formación de grado responde a un sistema de restricciones sucesivas, frecuentemente verdaderos reduccionismos, que marginan tanto marcos teóricos completos como una gran cantidad de los campos de aplicación de la psicología.

Del amplio espectro de enfoques teóricos, verdaderas columnas que atraviesan y dan sostén a todo el edificio de la psicología, y de los crecientemente diversificados campos de aplicación de la disciplina progresivamente se le impide al alumnado de grado el acceso al conocimiento de esta diversidad teórica y de áreas de aplicación. En algunos ámbitos académicos el primer contacto intelectual de los ingresantes a psicología es directamente con los desarrollos de Jacques Lacan, los cuales se hacen absolutamente incomprensibles para ellos; no obstante, es una impronta que se instala a través de dos procesos que son lo más antipedagógico que se pueda concebir: la fascinación y el valorado ingreso a la integración de elites, elitización que se concreta por lo más rudimentario e impropio de un ámbito de formación intelectual: el manejo de un argot que nadie entiende.

El tema de la fascinación es un tema importante, si bien no podemos detenernos hoy en él por falta de tiempo. No obstante, es interesante señalar un par de cosas al respecto, dado que es profusamente utilizado como estrategia pedagógica y de marketing en algunas de las más concurridas facultades de psicología de nuestro país. La fascinación es el vaciamiento y anulación de la capacidad de pensar del alumno para instalar en él la idea de que sólo el profesor, en tanto único poseedor de un saber iniciático, está en condiciones de depositarlo en su cabeza. Una anécdota, de la que participé involuntariamente, deja bien en claro esta idea: un día en que me retiraba de la Facultad de Psicología de la UBA, de su sede de la Av. Independencia, en Buenos Aires, en donde un psicoanalista extranjero acababa de terminar una conferencia sobre los desarrollos de Lacan, salían detrás de mí, a un par de metros, cuatro jóvenes estudiantes o recién graduadas que habían asistido a la disertación; las ponderaciones con respecto al expositor y al tema desarrollado por él eran superlativas  -¡qué interesante!, ¡qué genio!, ¡es extraordinario!, etc.- y en un momento dado una de ellas le dice a las demás: “sí, realmente es genial, no entendí nada”. Lo que el fascinado entiende, por el hecho de entenderlo él, no vale nada, sólo tiene valor lo que su mente no alcanza a comprender. Esto da paso a esa aberración académica, también muy difundida en nuestro país, que es la exégesis, propia y válida cuando se trata de textos sagrados de significados crípticos, pero absurda en el terreno de una disciplina científica como es la psicología. Podríamos decir, parafraseando a David Hume, que si en un ámbito académico un libro requiere de exégesis debemos tirarlo al fuego.

Volvamos al tema de las restricciones en la formación de grado. El Esquema Nº1 (ver Power Point) muestra el empobrecimiento de la disciplina al que son sometidos sus estudiantes en Argentina; esto es más exagerado en algunas universidades que en otras. El camino del progresivo reduccionismo es todo lo que en este Esquema está en color amarillo; lo que está en color verde es lo que intencionalmente, o desde la ignorancia, le es negado u obturado a los alumnos.

Una primera restricción consiste en limitar la capacitación fundamentalmente al campo de la salud tomando, las más de las veces, al psicoanálisis como único soporte teórico válido. Dentro de este ámbito, que involucra todo el proceso de salud y sus emergentes, sólo se toma en cuenta la enfermedad.

Ésta implica al ser humano en su integralidad física, psíquica y social tal como lo afirma la definición, universalmente aceptada, de la Organización Mundial de la Salud; no obstante, la tercera restricción reside en presentarle al alumnado, como única instancia de aplicación de la psicología, sólo la “enfermedad mental”. Esto, por un lado, restringe significativamente el campo de la psicología de la salud y, por otro, pone en juego un concepto científicamente errado dado que, más allá de la naturaleza de los síntomas más evidentes, no hay ninguna manifestación del proceso de salud que pueda ser no mental en su etiología y en su evolución. Desde los trabajos de Humberto Maturana, Francisco Varela y Gregory Bateson, a partir de 1960, se sabe que “... la mente es la esencia de estar vivo”, como señaló este último y que, tal como determinaron en sus investigaciones Maturana y Varela “La mente no es ya una cosa, sino un proceso: el proceso de cognición, que se identifica con el proceso de la vida. [...] El cerebro no es, por supuesto, la única estructura a través de la cual opera el proceso de cognición. La entera estructura disipativa del organismo participa en dicho proceso, con independencia de que el organismo tenga o no un cerebro y un sistema nervioso superior. Más aún, investigaciones recientes indican firmemente que en el organismo humano, el sistema nervioso, el sistema inmunológico y el sistema endocrino  -que tradicionalmente eran vistos como sistemas separados-  forman en realidad una única red cognitiva” [1] la cual está siendo desentrañada en sus funciones y procesos a través de la investigación psicoinmunoneuroendocrinológica.

Dentro de lo que denominan “enfermedad mental” existen distintas alternativas de acción: prevención primaria, prevención secundaria y prevención terciaria, o sea, evitar que la enfermedad se instale, diagnosticarla y tratarla precozmente para reducir el daño, y atender las secuelas que la enfermedad deje. De todas estas posibilidades, todas igualmente importantes, el estudiante de psicología es sometido a una cuarta restricción: sólo se le da acceso a la formación en el enfoque asistencial  -prevención secundaria.

Por último, lo asistencial puede enfocarse hacia el ámbito de las prácticas públicas o de las prácticas privadas; siendo mucho más complejas las primeras que las segundas. Los enfoques de las prácticas privadas esterilizan la posibilidad de un trabajo eficaz y eficiente en el orden de lo público; por el contrario, la capacitación en las prácticas públicas incrementa la eficacia y eficiencia de las prácticas privadas. Por otra parte, no sólo está el tema de lo público y lo privado, sino que también es posible el desarrollo de prácticas comunitarias, que tienen particularidades estratégicas y técnicas muy específicas. De todo este bagaje de alternativas de acción en el campo asistencial, los estudiantes son sometidos a una quinta restricción: sólo se los forma en el modelo de consultorio privado. Este es el estrecho andarivel por el que egresan nuestros profesionales de la psicología; egresan, disculpen si resulta duro el adjetivo, como profesionales discapacitados: sólo pueden actuar frente a un enfermo, real o imaginario, pasible de ser tratado en el modelo de consultorio privado.

Con este modelo concurren a los centros públicos y de la Seguridad Social de atención de la enfermedad y los obturan, generando enormes colas de espera de usuarios para lograr una entrevista y el inicio de tratamientos que, como hay gente esperando en la cola, debe ser interrumpido, lo que ha posibilitado crear una aberración moral: el “alta institucional”, que sólo existe en nuestro país y configura un delito tipificado y castigado en el Código Penal, que lo denomina “abandono de persona” y lo sanciona con prisión. No pasará mucho tiempo hasta que se produzca alguna denuncia por este tema.

Hasta acá hemos analizado lo que ocurre en la formación de grado, queda por ver lo que ha ocurrido en la formación de posgrado. Al respecto hay dos aspectos básicos a tomar en cuenta: el primero es que la tendencia de los graduados de psicología a cursar estudios de posgrado es muy baja; no hay indagaciones al respecto en el ámbito nacional, pero estimo que no debe sobrepasar una quinta parte del total de los egresados del grado la que ha continuado con formaciones de posgrado. La segunda cuestión, es que los docentes de los posgrados en general son los mismos que los de grado y reproducen los desarrollos que llevan a cabo en este nivel.

Con respecto a la diversidad de la oferta de estudios de posgraduación en el ámbito de las maestrías y las carreras de especialización, el panorama es magro: la orientación clínica  -con alguna escasa variedad de marcos teóricos, pero conservando su hegemonía el psicoanálisis-  junto a alguna escasísima oferta en el área de lo social comunitario, lo educacional y lo laboral agotan el espectro de posibilidades de formación. Indudablemente, este tipo de oferta no modifica en nada el reduccionismo planteado anteriormente.

Finalmente, con respecto a la formación de grado  -que luego incide directamente en la de posgrado-  cabe una última observación que daría para extendernos en su análisis pero que, en esta oportunidad, sólo mencionaré a grandes rasgos. A mi juicio, Argentina tiene un serio problema de desvirtuación de la psicología y una infraestructura universitaria en la materia que está fuertemente distorsionada. Esto configura una situación negativa que, no obstante, le ofrece al país una oportunidad única: como en realidad habría que reestructurar todas las curricula de las carreras de grado de la disciplina partiendo casi de cero, esto da oportunidad para estructurarlas en función de la multiplicidad y complejidad de los problemas a los cuales la psicología, como profesión, hoy les da respuesta en todos los países desarrollados no obstante que la estructura curricular de sus carreras de grado de esta disciplina satisface a un paradigma de hace 70 años, que no se corresponde casi en nada con los problemas para los cuales son convocados nuestros colegas extranjeros. Esto nos permitiría en Argentina diseñar carreras de psicología realmente de avanzada, mucho más acordes con el potencial de la disciplina que lo que se ve en Europa o en otras regiones del mundo.

Por dar un ejemplo a fin de que quede más claro lo que acabo de postular, tomemos el tema de la mente. El concepto de lo mental, en las carreras de psicología del mundo desarrollado, está presente de un modo tal que lo sitúa lejos de lo que hoy plantea la ciencia y que mencioné anteriormente. Si esto se cambiara, los aportes de esta disciplina a los problemas que plantea el proceso de salud serían tan diferentes a lo que hoy se observa, que resultarían casi incomprensibles a nuestros colegas en el ámbito internacional. Sé que este tema es potencialmente generador de mucha polémica y exige una argumentación más extensa, que no rehuyo, pero el tiempo hace necesario que pase al punto final de mi exposición.

Veamos entonces la vinculación del desempeño de los graduados con los problemas de factor humano de la Argentina. Al respecto cabe analizar dos cuestiones: por un lado, la tasa de inserción laboral específica, o sea, el nivel de ocupación de las psicólogas y psicólogos y, por otro, en qué trabajan los que están en tareas específicas de la disciplina, contrastando esto con las áreas problema de Argentina y las áreas de aplicación de la psicología en los otros países del mundo.

No hay estudios actualizados y rigurosos con respecto a la cantidad de colegas existentes en el país, ni a cuál es su situación de ocupación / desocupación, pero tomando en cuenta estimaciones razonables a partir de datos objetivos, aunque parciales, de la cantidad de egresados en algunas de las carreras de psicología, desde su creación a la fecha, es razonable conjeturar que Argentina tiene aproximadamente entre 40.000 y 50.000 profesionales de esta disciplina. La población total del país es, redondeando cifras, 37.500.000 habitantes. Esto daría una relación psicólogo/a por habitante de un colega cada 938 ciudadanos o uno cada 750; sin lugar a dudas, esta proporción es de las más altas del mundo o, tal vez, la más alta.

Junto a esto, también basándonos en estimaciones aceptables, podemos considerar que Argentina es el país con mayor desocupación profesional en el ámbito de la psicología, entendiendo por desocupado a todo profesional que no puede costearse la vida trabajando sólo en su profesión  -en este planteo, si un colega trabaja en la profesión pero para solventar su vida tiene otro trabajo ajeno a la misma, en el que procura su mayor ingreso, se lo considera un desocupado encubierto. Desde esta perspectiva, una estimación razonable señala que la desocupación alcanza proporciones que oscilan entre el 60% y el 70% de los colegas. En las otras profesiones los índices de desocupación rondan entre el 25% y el 35%.

Esta situación, sobre todo si se la corrobora con investigación rigurosa, es ciertamente grave porque, por un lado, es un indicador de que la formación de los psicólogos y psicólogas no responde a las necesidades del país y, por otro, porque se está encauzando a muchos jóvenes hacia una situación de desocupación, fracaso profesional y frustración personal.

Lo que más llama la atención surge cuando se analiza comparativamente lo que ocurre en la situación ocupacional de las profesiones y la inserción de esas profesiones en la sociedad. Graficando el análisis vemos con respecto a las otras profesiones lo que muestra el Esquema Nº 2 (ver Power Point): hay desocupación, pero en todos los ámbitos en que la naturaleza de los problemas de la sociedad reclama el aporte de cualquiera de ellas, encontramos trabajando a profesionales de la especialidad requerida.

Cuando aplicamos este criterio al caso de la psicología, lo que se observa es lo que muestra el Esquema Nº 3 (ver Power Point): hay una gran desocupación y al mirar el escenario de la sociedad se ve una sobreabundancia de inserciones restringidas al quehacer asistencial en el campo de los trastornos de manifestación preponderantemente mental; en el resto de este escenario social se constata una ausencia casi total de psicólogos y psicólogas, no obstante la sobreabundancia de problemas de factor humano, por lo tanto, de naturaleza psicológica y psicosocial: violencia familiar; maltrato y abuso infantil; profusión de problemas de ergonomía; la más alta mortalidad mundial de personas de entre 17 y 33 años por accidentes de tránsito; el 50% de las guardias pediátricas atendiendo criaturas accidentadas en el hogar; una pobreza estructural creciente, que es la más grande hipoteca que Argentina se está generando; una epidemia de disfunciones morales como nunca se había dado antes en nuestro país  -no digo lo de disfunción moral en sentido metafórico sino en términos de rigor científico, dado que las alteraciones en la génesis de la inteligencia dan lugar a la intervención de la psicología del mismo modo en que la deberían dar las alteraciones en la génesis de la conciencia moral-; vemos también un sinnúmero de problemas ambientales generados por el comportamiento humano; severos obstáculos mentales, por resistencia al cambio, en áreas que hacen a la producción agropecuaria y a la exportación de esta producción; una situación social de anomia política generalizada que es de alto riesgo para la subsistencia de la democracia; ciertos componentes de la personalidad básica de los argentinos como son las tendencias transgresoras, el autoritarismo, el exagerado individualismo, la irresponsabilidad social, la inconstancia, etcétera, que sin lugar a dudas aportan fuertemente a la inviabilidad de nuestro país hacia un desarrollo sostenido; un maltrato social generalizado; etcétera. Sería largo continuar con este listado de problemas que, por su naturaleza, son insolubles sin el aporte de los marcos teóricos y las tecnologías de la psicología, pero resulta claro que todos ellos atentan contra las posibilidades de desarrollo del país, la calidad de vida de sus habitantes y las condiciones necesarias para un desarrollo humano integral.

No estoy planteando una psicología omnipotente; imagino una psicología muy diversificada e integrada a equipos multidisciplinarios porque todos estos problemas son de alta complejidad, pero si estos equipos no cuentan con la presencia de nuestra disciplina, a través de perfiles de especialización adecuados, no tendrán eficacia ni eficiencia en la solución de todos estos problemas nacionales.

Para finalizar, los invito a revisar el Esquema Nº 4 (ver Power Point) en el que figuran, tal vez no exhaustivamente, dieciocho áreas en las cuales la psicología trabaja actualmente en otros países aportando a sus procesos de desarrollo nacional y otras dos áreas, en color diferente, que es necesario desarrollar acá aun cuando no tengan existencia en el extranjero. Tomemos las primeras dieciocho y pensemos cuáles de ellas tienen presencia, no excepcional sino generalizada, en Argentina. Desde mi punto de vista, no llega al 20% de ellas.

Considero que el resultado de esta contrastación marca la dimensión del desafío y que nos señala hasta dónde deben ser cambiados los planes de estudio de grado y posgrado de nuestra profesión; a su vez, advierte sobre la necesidad de reorientar los quehaceres de muchas de las asociaciones de la profesión.

Las veinte áreas en su conjunto muestran la magnitud de la importancia actual del aporte de la psicología al proceso de desarrollo integral de Argentina, dejando en claro el compromiso de quienes, siendo responsables de la orientación de la disciplina en el país, aún no lo han asumido.

 

 

 

 

 

 

 


 

* Profesor Consulto Titular – Facultad de Psicología – Universidad de Buenos Aires.

[1] Capra, F. – La trama de la vida. Una nueva perspectiva de los sistemas vivos – Anagrama, Barcelona 1998.