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CUARTO CONGRESO INTERNACIONAL
CELEHIS DE LITERATURA
Literatura española, latinoamericana y argentina
Mar del Plata, 7, 8 y 9 de noviembre de 2011
PRESENTACIÓN ORGANIZADORES CONVOCATORIA INSCRIPCIÓN ALOJAMIENTO NOVEDADES

Intertextualidad en escritoras patagónicas.
Recuperación de la historia

Graciela Mayet
Universidad Nacional del Comahue

 

Los textos objeto de nuestra investigación surgen como el producto de prácticas intertextuales (Barei 1991) de distintas publicaciones. Nos hemos detenido principalmente en dos autoras: Virginia Haurie y su trabajo Mujeres en tierra de hombres y Anne Chapman con Darwin en Tierra del Fuego. Hemos recurrido también a algunas escritoras abordadas en anteriores trabajos de investigación: Mónica Soave, María Brunswig de Bamberg ySylvia Iparraguirre para dar cuenta de los aspectos intertextuales en escrituras de amplia distancia temporal y espacial y así acercarnos a la recuperación de la historia familiar y regional como también a la denuncia de los abusos por parte de poderosos y funcionarios.

Virginia Haurie reúne informaciones en distintas ciudades patagónicas. En Viedma recoge testimonios orales y accede a cartas escritas por una de las cinco pobladoras del fuerte El Carmen en el siglo XVIII como también a libros escritos por Armando Braun Menéndez y el sacerdote Raúl Entraigas. A la que luego sería Carmen de Patagones, llegaron cinco mujeres entre veintitrés personas en total. La vida era muy dura de modo que muchos desertaban y se iban a vivir con los indios. Pasaban miseria y comían en forma racionada. Una de las cinco españolas que había llegado en 1779 era Ana María Castellanos, nativa de Viscaya, de veintidós años, casada con el labrador Matías Lagarreta, la cual se enamoró de un herrero que debía ser ahorcado por haber matado a un indio. Ella planeó una fuga pero fue descubierta  y enviada presa a Uruguay. Cabe señalar que el nombre de maragatos que reciben los habitantes de Carmen de Patagones se debe a que un año después de la llegada de aquellas familias, arribaron otras provenientes de una zona de León conocida como Maragatería. Las mujeres cultivaban la tierra en tanto los hombres trabajaban fuera del campo. En Rawson, Virginia busca legajos con datos de Elena Greenhill, la cuatrera inglesa de la que se ocupa también Elías Chucair en su libro La inglesa bandolera y Francisco Juárez en La bandolera inglesa en la Patagonia. En Gaiman recoge anécdotas entre los descendientes galeses de sus antepasados fundadores. En el relato “Rachel y el río Chubut”, Virginia Haurie alude al origen de la colonización galesa: el deseo de libertad que los llevó a buscar nuevas tierras. Algunas referencias sobre el viaje en el “Mimosa” desde Liverpool en 1865 son también presentadas por William Rhys en La Patagonia canta. Se destaca la desolación del lugar, alejado a cientos de kilómetros del poblado más cercano y la buena relación que tuvieron los galeses con los indios a los que no pretendieron cambiarlos. Pudieron tener cosechas porque, gracias a la iniciativa de Rachel, esposa de Aarón Jenkins, construyeron canales de riego. A medida que se fueron ganando el derecho de gobernarse a sí mismas, muchas mujeres solas o con sus hijos llegaron a la Patagonia en busca de un futuro. Eran peluqueras, maestras y, algunas como Poli, recorrían los parajes ofreciendo sus servicios pues no tenían local propio. Virginia recogió en Trelew otras historias como el naufragio de un barco cerca de Montevideo que llevaba a una familia galesa la cual perdió en él a dos niñas a las que no alcanzaron a salvar.  En la biblioteca de la ciudad, encontró dos libros de relatos de viajeras. Uno era el de Eluned Morgan, hija de uno de los líderes galeses, que había nacido en 1870 a bordo del Myfanwy, durante el viaje de regreso de sus padres al Chubut, luego de una estadía en Inglaterra. El su libro Hacia los Andes, Eluned relata la travesía que hiciera en carreta, a fines de 1899, desde la costa atlántica hasta la Cordillera. Deseaba conocer el valle de las frutillas del que tanto hablaban los pioneros. Allí, en 1884, Fontana había hallado un lugar donde se  fundaron Esquel y Trevelín. El otro libro era el de la inglesa Lady Florence Dixie, considerada  por algunos como la primera  turista de la Patagonia que llegara en 1878 a Punta Arenas con su hermano, el hombre por el cual Oscar Wilde terminaría en la cárcel. En su libro, Across Patagonia (Dixie 1880), Lady Florence hace una defensa de las indias, sometidas a un trabajo duro y constante, mientras los hombres, luego de cazar, se iban a descansar durante varios días. Virginia Haurie menciona también a Musters quien recorrió la Patagonia en 1869 y dice de los nativos: “Esos tiempos eran buenos; los indios patagónicos eran dueños y señores de la tierra. Algunos –como Saihueque, el cacique de las manzanas- pensaban que la coexistencia entre indios y blancos era posible”. (Haurie 1996: 86)

Diez años después del viaje de Musters, tuvo lugar la campaña del desierto de la que rescata Haurie la historia de la Pasto Verde. El ejército seguía la rastrillada que habían dejado los indios, el camino que usaban para llevar el ganado robado de los campos de Buenos Aires hacia el sur y luego a Chile. Detrás del ejército iban las mujeres con sus hijos y enseres. Después de un día de marcha, debían preparar la comida, buscar leña, cuidar enfermos. Entre esas mujeres iba Carmen Funes, la Pasto Verde, quien no seguía a un marido, a un padre o a un hijo. Ella quería servir a la patria y no a un patrón y así pensó que lo que podía hacer para ello era cuidar soldados. Cuando la dejaron fuera porque el ejército ya no quería mujeres, se fue para el oeste, camino a Zapala, para una aguada, como decía ella, antes de que llegara el tren. El tren era una amenaza para ella pues, con más gente, todo iría para peor. Así se instaló en lo que hoy es Plaza Huincul, donde daba albergue a los viajeros que iban para Zapala. Otra historia que presenta Virginia es la de María llamada la Grande, cuyo poder abarcó desde el estrecho de Magallanes hasta el río Negro. María fue llamada la Grande por Luis Vernet. Ella  decía ser oriunda del Paraguay y supo llevar adelante al pueblo tehuelche con una política inteligente. Fitz Roy la conoció en el estrecho donde solía acampar para comerciar con los navegantes que por allí pasaban. Fue en 1827 cuando María tenía cuarenta años y vivía con su marido tehuelche. Mientras ella vivió, no hubo guerras intestinas ni luchas con los extranjeros que llegaban. Otros relatos de vida de Haurie son los de las mujeres caídas en la prostitución, compradas por proxenetas, en general casi obligadas a trabajar en el prostíbulo. Con promesas de trabajo doméstico, las enviaban a Puerto Madryn, a Rawson. Siendo muchas menores de edad, algunas inmigrantes europeas, caían en la red de la trata con cierta complicidad policial y de los jueces quienes, en algunos juicios, sobreseían a los responsables. En Comodoro Rivadavia, Virginia recoge la historia de la española Hermenegilda Escajera, contada por su nieto. A principios del siglo XX, llegó a la Patagonia desde Dorrego, en carreta con otras familias y hacienda. El nieto decía que había muerto de tanto trabajar: cosía la ropa para sus siete hijos, cocinaba, esquilaba y atendía los corrales. Otra historia conmovedora es la de Julia Dufour, esposa de Luis Piedrabuena, que acompañó a su marido a la isla Pavón para asentar la soberanía argentina en tierras codiciadas y asechadas por los chilenos. Allí, los esposos sufrieron la pobreza y el abandono de las autoridades de Buenos Aires, como consecuencia de una campaña de difamación que realizaba un compatriota. Julia murió en Buenos Aires de tuberculosis a los cuarenta años. Virginia conoció también la historia de la mujer tropera de la Patagonia. Era asturiana de nacimiento y se había  hecho cargo de una tropa de veinte carros al morir su marido. Viajaba con la tropa vestida de varón. Otra mujer osada fue Charlotte Fairchild quien, en 1952, hizo un viaje, que duró un año, sola a caballo desde Ríos Gallegos hasta Buenos Aires. Por último, Virginia relata la vida de Ángela Vallese quien fuera designada directora de la primera misión en la Patagonia por la madre María Mazzarello y Don Bosco. Misionó durante treinta y cuatro años por Punta Arenas, Río Grande, Puerto Argentino, Nuestra Señora del Carmen, Río Gallegos. Había estado en Viedma y El Carmen (hoy Carmen de Patagones). Por allí vio pasar a los indios casi desnudos, como animales heridos, llevados por los soldados.

Respecto del trabajo de Anne Chapman, Darwin en Tierra del Fuego, (2009: 46) señala la autora que el viaje del científico inglés a esa región austral fue sumamente importante para el desarrollo de la ciencia aunque no es ésta la finalidad de Anne sino hacer conocer a los nativos fueguinos. Estos aborígenes se diferenciaban en cuatro grupos con lenguas distintas: por un lado, los yámanas o yaganes y los alcalufes, grupos “canoeros”, nómades del mar y  por otro, los selk’nam u onas y los haush, indios “de a pie” pues son eran navegantes. Chapman relata que Darwin se relacionó con tres  de los fueguinos que Fitz-Roy llevó a Inglaterra en la primera expedición del Beagle: York Minster, Fuegia Basket, ambos alcalufes, y el yagán o yámana Jeremy Button. Sylvia Iparraguirre en su libro La tierra del Fuego, se detiene en este episodio de la vida de Darwin que tuvo consecuencias trágicas para Jeremy Button pues fue llevado a juicio, acusado de haber instigado una matanza de misioneros ingleses. Si bien Darwin no tuvo una relación racista con los tres fueguinos mencionados, más tarde tuvo expresiones categóricas sumamente despectivas, como puede verse en Viaje de un naturalista alrededor del mundo (1845), donde dice: “El hombre aquí está más degradado que en cualquier otra parte del mundo”. Describe a los nativos como “atrofiados, desdichados miserables”, “innobles salvajes infectos”, “las criaturas más abyectas e innobles que he visto en mi vida”. Como se sabe, en tiempos de Darwin se consideraba que la cultura y la sociedad habían evolucionado de seres simples y primitivos a las grandes civilizaciones, como las de Egipto, Roma y la sociedad industrial. Como dice Anne Chapman, esa opinión prejuiciosa surge de la idea: “de la falsa suposición de que el progreso en la tecnología, ingeniería, matemáticas y ciencias se han desarrollado paralelamente al modo en que los seres humanos se tratan y relacionan entre sí, crean un universo de creencias, obras de arte y literatura, entre otros”. (Chapman 2009: 25) 

No obstante aquéllos dichos de Darwin,  el científico creyó que se podía cerrar la brecha entre los fueguinos y británicos, a través de su relación  con los tres nativos mencionados antes. En el segundo viaje del Beagle, Darwin viajó con ellos que regresaban a su tierra luego de permanecer un año en Inglaterra, los cuales despertaron su interés aunque poco escribe sobre ellos. Se refiere, en cambio, a los aborígenes de Tierra del Fuego con interés y sorpresa, pues dice en una carta de 1833: “Los fueguinos haush estaban en un estado de barbarie peor que el que yo esperaba ver alguna vez en un ser humano”. (47) Este encuentro influyó en la concepción del naturalista acerca del origen del hombre, tal como se desprende de un pasaje de El origen del hombre (1871) citado por Chapman: La principal conclusión a que llegamos en esta obra, es decir, que el hombre desciende de alguna forma inferiormente organizada, será, según me temo, muy desagradable para muchos. Pero difícilmente hay la menor duda en reconocer que descendemos de bárbaros. (Chapman 2009: 49)

A Darwin le indignaban las costumbres caníbales de los yámanas que comían a los prisioneros de guerra. Cuando la comida escaseaba, devoraban a las ancianas de la tribu. No obstante, Lucas Bridge, misionero inglés afincado en Tierra del Fuego, quien conocía a los yámanas de toda la vida, negaba tal aseveración y consideraba que Darwin se había dejado engañar por las respuestas imprecisas de York Minster o Jeremy Button. Anne Chapman asegura que el canibalismo sólo se daba en circunstancias extremas y que sólo se ha documentado un caso ocurrido en 1624 cuando los yámanas fueron acusados  de comerse a doce marineros escoceses.

Hay dos datos que, fuera de la referencia a los nativos en que discrepa con Darwin, interesa destacar del texto de Anne: el reconocimiento de la usurpación británica de las islas Malvinas: “Tanto Fitz-Roy como Darwin eran muy conscientes de la ocupación británica de las islas Malvinas en perjuicio de la República Argentina”, (127) por un lado, y por otro, la declaración de las matanzas de aborígenes ordenadas por Rosas, en su guarnición cerca del río Colorado: “…quien estaba exterminando y sometiendo a los indios pampas”. (128)

Sin embargo, no todos los europeos han tenido una opinión tan prejuiciosa sobre los aborígenes de la Patagonia. Así, por ejemplo, Mónica Soave en El botón de nácar señala que los galeses colonos del Chubut vinieron con el conocimiento de prejuicios frecuentes acerca de la crueldad de los hombres de la región sin embargo, al comienzo de la colonización, los recién llegados sobrevivieron gracias a la ayuda de aquéllos. Ambos grupos intercambiaban productos y convivieron pacíficamente. En uno de los relatos del libro, titulado “1890”, se alude a la prisión a la que condenaron a Incayamal y otros nativos en Rawson, acusados de robar ovejas cerca de Comodoro Rivadavia. Los colonos no querían que sufrieran pero poco a poco, a pesar del buen trato que les dieron, fueron muriendo. ¿Habían robado? En realidad –sostiene Mónica Soave- según sus principios, no, pues para los aborígenes todo pertenece a todos, no hay propietarios de nada y todo cuanto hay sobre la tierra es para ser administrado pues son riquezas de los dioses. Los indios sólo tomaban lo necesario para cubrir sus necesidades. En las “Notas” posteriores a su libro, Mónica Soave incluye una carta del cacique Valentín Sahueque a Lewis Jones la cual descubre los sentimientos de los nativos en momentos posteriores a la conquista del desierto y nos aclara algunos hechos al respecto:

Amigo, le digo con franqueza que no violé yo la paz ni la buena voluntad que hay entre nosotros y el gobierno desde hace más de veinte años y yo cumplí fielmente todos los compromisos hechos en Patagones. En cambio, usted, mi amigo, no comprenderá nunca los sufrimientos espantosos que recibimos mi pueblo y yo de manos de nuestros perseguidores…cultivo fielmente las enseñanzas y consejos de mi famoso padre, el gran cacique Chocorí, de no dañar ni injuriar nunca a los débiles sino amar y respetarlos humanamente. A pesar de todo me encuentro hoy arruinado y sacrificado. Las tierras que mis antepasados y Dios me dieron me han sido arrebatadas, lo mismo que todos mis animales…No soy un extraño de otro país sino nacido y criado en esta tierra. (Soave 2005: 153)

 

El galés William Rhys en La Patagonia que canta relata que los nuevos colonos sintieron por el desconocido espacio patagónico temor y aprehensión, lugar donde ocurrieron acontecimientos difíciles para los esforzados galeses que fundaron las colonias en el valle del Chubut. Se trata de las tierras del interior de esa provincia, ocupada entonces por seres humanos y animales ignotos supuestamente temibles: “Al norte, sur y oeste, las pampas se elevan en sucesivas mesetas, extendiéndose más y más lejos hasta el interior desconocido y misterioso donde habitaban hombres y animales salvajes.” (68)

En un principio, los indígenas son la amenaza del otro desconocido. En la colonia no podían entender que no aparecieran. A menudo, de noche, los asaltaban ruidos extraños que ellos interpretaban como señal de indios merodeadores. De día, las columnas de polvo, remolinos sobre la pampa que entraban y salían de los cañadones distantes eran señal clara de que los espiaban. En efecto, les estaban haciendo una especia de guerra de nervios a los nuevos habitantes. Entonces deciden enviar varios hombres bien armados y poner fin así al suspenso. En otra ocasión, apareció un grupo de cuatro indios, dos mayores y dos jóvenes. Los pobladores se asustaron. La mayor dificultad era un lenguaje pero las señas les permitieron entenderse y los aborígenes aceptaron compartir una comida.  Hasta el lugar se había acercado un anciano indio, jefe de la tribu y propietario de las tierras que los colonos ocupaban. Los colonos se reunieron para decidir cómo actuar con los nativos. La decisión de la mayoría consistió en darles un tratamiento benévolo pero no como a seres pares. No obstante, con un dejo de superioridad, Rhys manifiesta en su libro: “Tratar a los indios como nos tratamos unos a otros, y aun extenderles, como hacemos con los niños, la indulgencia que se debe a la ignorancia.” (77)

 

Finalmente, queda por abordar Allá en la Patagonia, libro formado por las cartas que Ella Hermann de Brunswig escribiera a su madre, luego de llegar a estas tierras desde Alemania en 1923, para reunirse con su marido, administrador de una estancia en Santa Cruz. Ella no es ajena al deplorable comportamiento de los blancos con los nativos cuando son objeto de burla. En una oportunidad en que navegaban por el estrecho de Magallanes, pasaron dos canoas con indios desnudos. La tripulación del barco se divirtió arrojándoles pan, cigarrillos, whisky y ropas con las que los hombres borrachos se disfrazaban. Entonces la autora de las cartas dice: “Me avergoncé de los blancos, supuestamente civilizados, que tan infamemente se mofaban de esa gente”. (154) Agrega que esos nativos se contagiaban con enfermedades llevadas por los europeos porque no estaban inmunizados.  
En los textos leídos, encontramos una opinión coincidente respecto de la situación de los nativos y una valiente  actitud frente a los desafíos que significaron la vida y el trabajo en los extensos territorios patagónicos.   

 

Bibliografía

Barei, Silvia (1991) De la escritura y sus fronteras. Alción: Córdoba
Rhys, William C. (2000) La Patagonia que canta, Emecé: Buenos Aires
Iparraguirre, Sylvia, (2007) La tierra del fuego. Punto de lectura: Montevideo
Soave, Mónica, (2005) El botón de nácar. Simurg: Buenos Aires
Brunswig de Bamberg, María, (1995) Allá en la Patagonia, Vergara: Buenos Aires
Haurie, Virginia, (1996) Mujeres en tierra de hombres.  Sudamericana: Buenos Aires
Chapman, Anne, Darwin en Tierra del Fuego, (2009). Emecé: Buenos Aires
Chucair, Elías, (2005) La inglesa bandolera y otros relatos patagónicos. Ediciones del Cedro:Buenos Aires
Juárez, Francisco N. (2010) La bandolera inglesa en la Patagonia. Ediciones B:Buenos Aires
Morgan, Eluned (1986) Hacia los Andes. Rawson: Editorial El Regional
Dixie, Florence (1880) Across Patagonia. Edinburgh: Bentley 
Darwin, Charles (1997) Viaje de un naturalista alrededor del mundo. Madrid: Akal
Darwin, Charles (2003) El origen del hombre. Madrid: Panamericana Editorial 

 

 

Actas del
CUARTO CONGRESO INTERNACIONAL CELEHIS DE LITERATURA
Literatura española, latinoamericana y argentina
Mar del Plata, 7, 8 y 9 de noviembre de 2011
ISBN 978-987-544-517-8