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CUARTO CONGRESO INTERNACIONAL
CELEHIS DE LITERATURA
Literatura española, latinoamericana y argentina
Mar del Plata, 7, 8 y 9 de noviembre de 2011

Tres miradas sobre el racismo argentino
“Cabecita negra” de Germán Rozenmacher, “Reinas” de Juan José Hernández y
“La fiesta ajena” de Liliana Heker

Ana Carina Cremona
CIFFyH (UNCórdoba)/CONICET

 

Un particular racismo argentino

Desde mediados del siglo XIX se puso en marcha en Argentina un plan, orientado por presupuestos racistas y justificado desde la filosofía positivista importada de Europa, cuyo objetivo era blanquear a la población. Este objetivo impulsó una serie de acciones estatales entre las que destacaron la promoción y captación de inmigrantes europeos que, según se creía, aportaría civilización a nuestra tierra.

Sin embargo, quienes arribaron no fueron los previstos y, como consecuencia, Buenos Aires y otras grandes urbes nacionales se convirtieron en sedes de los representantes de un crisol de razas que pulularon por los sectores obreros más desfavorecidos en busca de mejorar su situación económica.

A partir de la década del 40, a estos inmigrantes europeos -principalmente campesinos italianos y españoles-, que inundaban los márgenes de las grandes ciudades y se insertaban como obreros en la incipiente industria nacional, se sumaron aquellos procedentes de las zonas rurales del interior del país -especialmente de las provincias del norte- quienes se congregaron, mayoritariamente, bajo el estandarte peronista, adquiriendo así un rápido e inusitado poder político.

Frente a esta situación, las clases media y alta se sintieron amenazadas ante la presencia de la creciente masa obrera que invadía los espacios que ellos habían considerado como propios.

El mercado, por su parte, no tuvo este problema y pronto comenzó a beneficiarse con los nuevos habitantes de la urbe cuyo poder adquisitivo y político crecía gracias a las acciones emprendidas por el Estado peronista en su favor.

En este contexto de luchas constantes, las clases alta y media porteñas bautizaron a sus enemigos como cabecitas negras, unificando bajo dicho mote peyorativo a sujetos que compartía no sólo rasgos físicos, sino también una zona de procedencia, una conciencia de clase y una común filiación política. Tal denominación se insertó en una cartografía compleja de relaciones conflictivas que sintetizó en una dicotomía social homogeneizante y con bases racistas justificadas por presupuestos biologicistas: los negros (provincianos, incultos e incivilizados, que se ganaban la vida como obreros y mucamas en las grandes urbes y adscribían al peronismo) contra los blancos (miembros cultos de las clases media y alta porteña que se manifestaban antiperonistas). Así, a los prejuicios de raza se yuxtapusieron los de procedencia, clase y políticos conformando un racismo propiamente argentino, basado en la errónea, aunque políticamente productiva, asignación de valor hereditario a caracteres configurados como negativos y asignados a los cabecitas negras.

 

El otro temido en “Cabecita negra” de Germán Rozenmacher.

En el marco sociohistórico anteriormente delineado se ubica la acción del cuento de Germán Rozenmacher “Cabecita negra” publicado por primera vez en 1962.

El relato está a cargo de un narrador anónimo, omnisciente, en tercera persona. Él da cuenta de la perspectiva del señor Lanari, un hombre “al que no le habían ido tan mal las cosas” (Rozenmacher: 33) ya que siendo hijo de un inmigrante pobre, había llegado a ser llamado “señor” a fuerza de trabajo y sacrificios. Su satisfacción actual deriva de su ascenso social, lo que mide en cantidad de posesiones.

Sin embargo, esta noche el insomnio lo hace sentir que vive a contramano. Inmerso en tal estado alterado, la otredad irrumpe con el grito de una mujer que quiebra el silencio: “aullaba a todo lo que daba como una perra salvaje y pedía socorro sin palabras (…), llamaba a alguien, a cualquiera.” (Rozenmacher: 33). El grito de esta mujer-animal rompe el cosmos de la noche porteña para dar ingreso al caos “haciendo escándalo” (Rozenmacher: 34). 

El señor Lanari decide salir de la seguridad de su hogar y se dirige “en la niebla, a tientas” (Rozenmacher: 34) -en un ambiente que prefigura la pesadilla- hacia el lugar de donde provienen los gritos. Allí encuentra “nada más que una cabecita negra (…) despatarrada y borracha, casi una niña (…) vencida y sola y perdida” (Rozenmacher: 34). Frente a él, la mujer-niña débil y degradada, llora por dinero para volver a su casa: “una china que podía ser su sirvienta” (Rozenmacher: 34) piensa, estableciendo así una distancia que implica superioridad en relación con ella, una distancia basada en la procedencia porque ella es una china, es decir, nata del norte argentino, lo que la hace inferior -incluso para este hijo de inmigrantes pobres-, al mismo tiempo que la vincula a una ocupación de servidumbre.

La imagen le despierta ternura y piedad, sentimientos propios de un buen cristiano que entran en tensión con el racismo de este personaje que, desde una postura esencialista, solidifica una cosmovisión socio histórica de clase: “así eran estos negros, qué se iba a hacer” (Rozenmacher: 34) y, en un acto de caridad le da el dinero, la limosna que lo absuelve del pecaminoso desprecio que siente por ella.   

Con el arribo de un policía, la situación comienza a virar dando entrada a otra voz, lo que se plasma en la introducción del discurso directo que reproduce el intercambio dialógico entre los personajes.

Él recién llegado también es un cabecita negra pero, a diferencia de la mujer, posee un poder respaldado en la autoridad que le confiere el ser un representante de la Ley. La superioridad del señor Lanari se debilita frente al agente que lo percibe como un “hombrecito despectivo, seguro y sobrador” (Rozenmacher: 34). Por su parte, Lanari ve al agente como otro animal salvaje, como todos los cabecitas negras, pero que lo mira “con duros ojos salvajes, inyectados y malignos, bestiales” (Rozenmacher: 35). Es un animal amenazante que inspira miedo y lo lleva a tratarlo de señor transfiriéndole así el poder que había conseguido con esfuerzo.

En este momento, Lanari, teme ante la posibilidad de caer preso, no sólo por la vergüenza que esto conllevaría, sino por la potencial incapacidad para demostrar su inocencia ya que “pasaban cosas muy extrañas en los últimos tiempos. Ni siquiera en la policía se podía confiar.” (Rozenmacher: 35) Esta inseguridad, lo lleva a tentar al agente lo que completará la transferencia de poder cuando el otro, tomando a la mujer, acepta la invitación-chantaje de ir a su casa. Sin embargo, en este momento, el señor Lanari aún se considera poseedor de un resto de poder derivado del dinero que, una vez entregado al otro, lo liberará de la situación en que se encuentra.

Al ingresar, “su refugio, donde era el dueño, donde se podía vivir en paz, donde todo estaba en su lugar, donde lo respetaban” (Rozenmacher: 33) se convierte en el espacio de los otros, del escándalo, donde Lanari “estaba atrapado por esos negros” (Rozenmacher: 36). Encerrado allí, por su culpa y responsabilidad, para ser humillado y ofendido por “un cualquiera, un vigilante de mala muerte” (Rozenmacher: 36) que lo trata como a su sirviente invirtiendo los estereotipos en esta noche en que todo está al revés.

Lanari ignora como defenderse e inconscientemente hace gala de su cultura, un factor que parece diferenciarlo del otro al ubicarlo en un status superior. Así, le muestra al agente su nutrida biblioteca y piensa que querría hablar de libros con él pero “¿de qué libros podría hablar con ese negro?” (Rozenmacher: 37). De este modo recupera, aunque sea para sí mismo, un poco de la superioridad racista perdida. Sin embargo, se trata de una superioridad engañosa, por lo menos en lo que a cultura se refiere, ya que él tampoco habría podido hablar de libros que no ha leído y que sólo se limita a poseer.

Inmerso en esta situación, Lanari asimila su rabia actual a la que había sentido por “los negros que se habían lavado alguna vez las patas en las fuetes de la plaza Congreso” (Rozenmacher: 37). Mediante esta evocación comparativa, no sólo actualiza un momento sociopolítico coyuntural de la historia argentina -que podría considerarse el hito de la diferencia con los cabecita negra-, sino que hilvana su padecimiento individual con el de gran parte de las clases alta y media porteñas luego del 17 de octubre de 1945. Pero, no se detiene aquí sino que remonta la historia hasta el  antagonismo fundacional del pensamiento nacional -la dicotomía entre civilización y barbarie sarmientina- cuando desea tener a su hijo con él para estar junto a “una persona civilizada” (Rozenmacher: 37) ubicando así a los otros dentro del bando de los bárbaros. 

Finalmente, en lugar de despertar de la pesadilla, Lanari sale de ella durmiéndose. Pero esta evasión es breve y, al despertar, “supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada” (Rozenmacher: 38). Tal aseveración completa la inversión respecto de su situación inicial al diluir todas las certezas de una clase social que creía tener el mundo en sus manos.      

 

El otro sometido en “Reinas” de Juan José Hernández”.

Con el pasar del tiempo, el mote de cabecita negra comenzó a convivir con, e incluso fue suplantado por, el de negro o villero. Este desplazamiento nominal se ligó a un cambio en la posición relativa del sector respecto del poder: cuando dejaron de representar una amenaza para las clases alta y media éstas reaccionaron oprimiéndolos y marginándolos.  

La nueva configuración discursiva de los otros –los negros-, se basó en asimilarlos a animales domésticos presentándolos como ignorantes, sumisos, fieles y obedientes, imagen que se reforzaba a partir de las ocupaciones de servicio que, generalmente, constituían la principal fuente de ingresos del sector. Por esta vía, los sujetos que integraban el colectivo negros, aparecieron figurados como inofensivos y susceptibles de ser maltratados injustamente por una clase con ansias postergadas de demostrar, con hechos y permanentemente, que había recuperado el poder perdido durante el período peronista precedente.   

Esta configuración será la que retomará Juan José Hernández en su cuento “Reinas”, incluido en La favorita, publicado en 1977. 

La narración está a cargo de una joven, de clase alta, que se encuentra enferma, razón por la cual le han recetado reposo absoluto. La Chabela es la mulata que debe cuidarla aunque la narradora la configura como su enemiga, de la que busca vengarse apelando al ejercicio de un poder despótico con el fin de hacerla infeliz.

La narradora es la poseedora del poder, a pesar de que la enfermedad podría llevar a pensarla como un sujeto débil. Es insensible y manipula a todos a su alrededor para obtener lo que desea. Apela constantemente a la mentira como estrategia: primero para inspirar compasión en Armando, su amado, y después para deshacerse de Chabela, la “intrusa que cometió la imprudencia de provocar a Armando” (Hernández: 56).

Para vengarse se ha propuesto destruir la imagen positiva de su enemiga a quien en su casa consideran “un modelo de virtudes” (Hernández: 56) y hasta “le regalan vestidos viejos que ella adorna con moños de colores para ir, con otras sirvientas del barrio, a la plaza de la estación repleta de conscriptos.” (Hernández: 56) Nuevamente aquí, al igual que en el cuento de Rozenmacher, se evidencia un racismo propiamente argentino al incluir a Chabela, desde una supuesta superioridad, en un grupo que, en este caso, comparte ocupación, vestimenta y un espacio de encuentro. 

La apreciación subjetiva y maliciosa de la narradora de un acto inofensivo y servicial llevado a cabo por la mulata –el pegar el botón de la camisa de Armando- decide el destino de Chabela.

Los estereotipos sirven al plan de la narradora ya que, por un lado, nadie sospechará de que la reina de la casa sea culpable del robo y, por el otro, el racismo propiamente argentino hará que, a pesar de la estima que sienten en su casa por la mulata, el primer lugar donde la madre buscará el anillo desaparecido será en la pieza de Chabela. Ante esta situación, la palabra sincera de la sirvienta no tendrá ningún valor porque, guiada por un discurso esencialista similar al de Lanari, también la madre de la narradora increpará a Chabela “todas ustedes son cortadas por la misma tijera.” (Hernández: 56) Pero, aquí, la situación se ha invertido respecto del cuento de Rozenmacher porque ahora las clases media y alta poseen nuevamente el monopolio del poder, mientras que los otros subalternos han perdido su voz al negárseles la posibilidad de una posición discursiva desde la cual ingresar en el dialogismo social (Spivak).

 

La desigualdad camuflada en “La fiesta ajena” de Liliana Heker.

La servidumbre y la sumisión continuaron siendo factores activos en la relación entre la clase baja trabajadora y los sectores medios y altos de la sociedad. Sin embargo, la expansión de una política económica liberal y globalizada agudizó la brecha entre clases y tendió a ocultar el racismo argentino tras la fachada de una presunta igualdad entre sujetos vinculados a partir de relaciones laborales en un mercado regido por la ley de la oferta y la demanda.

Es desde este contexto de simulación que podemos leer el cuento de Liliana Heker, “La fiesta ajena” publicado en el libro Las peras del mal, en 1982.

Este relato también está a cargo de un narrador anónimo, omnisciente, en tercera persona. Pero, en oposición al cuento de Rozenmacher, aquí se retoma la perspectiva de Rosaura, una niña de 9 años de clase baja cuya madre es empleada doméstica en una casa de ricos.

Las marcas de raza son escasas: sólo el mago hace referencia a “los ojos de mora” (Heker: 277) de Rosaura. Sin embargo, la distancia que media entre ambas duplas de madre e hija (Herminia-Rosaura y doña Inés-Luciana) es subrayada en diferentes momentos del relato, en algunas ocasiones más directamente que en otras, según sea el caso.      

Herminia, la madre de Rosaura es quien más directamente expresa tales diferencias implícitas entre ellas y las otras y es por eso que, desde el comienzo del cuento, le advierte a su niña que se prepara para asistir al cumpleaños de la hija de su patrona: “No me gusta que vayas (…). Es una fiesta de ricos” (Heker: 272). Esta advertencia obedece al hecho de que la madre conoce, gracias a la memoria de clase y raza que ha heredado y padecido, el lugar que se le ha otorgado dentro de la sociedad, más allá de que dicho lugar ya no sea explicitado de un modo tan directo como lo era en las situaciones representadas en los cuentos anteriormente analizados. 

Sin embargo, la inocencia de la pequeña y la educación religiosa formal, sumadas a situaciones que encubren las diferencias de clase y raza, la llevan a disentir con la madre, al extremo de percibirla como discriminadora porque “le parecía mal que su madre acusara a las personas de mentirosas simplemente porque eran ricas.” (Heker: 273)

Desde su llegada a la fiesta, Rosaura ingresa ingenuamente en un esquema de relaciones laborales, aunque por presentarse de un modo implícito ella cree haber sido invitada como amiga cuando en realidad debe trabajar y se siente orgullosa de gozar de la confianza de doña Inés cuando está ocupando el mismo lugar de empleada que su madre, un sitio que ha heredado sin saberlo.

Las diferencias entre Rosaura y los demás niños de la fiesta aparecen a los ojos del lector en múltiples detalles, detalles que pasan inadvertidos o son mal interpretados por la niña. Sin embargo, sobre el final de la fiesta –y del cuento- la actitud de doña Inés, consecuente con la naturaleza de la relación entre ambas duplas de madre e hija, desengaña a Rosaura. La paga que le ofrece, luego de haberla halagado frente a su madre, le da la razón a Herminia cuando antes de la fiesta le increpara a su hija “¿Sabés lo que sos vos para ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más.” (Heker: 372) Así, el simple acto de ofrecerle dinero a Rosaura por los servicios prestados, monetarizando su participación en la fiesta -en lugar de darle un regalo como a todos los que se van- arrja a la niña dentro del mercado de la oferta y la demanda al mismo tiempo que  destruye su anterior felicidad, orgullo e ilusoria pretensión de igualdad, ubicándola efectivamente en una “fiesta ajena” de la que había creído formar parte.       

 

Diferentes enfoques, un mismo problema.

Del análisis de estos cuentos realistas donde la violencia es la gran protagonista, se desprende que los enfrentamientos no son entre individuos, cada uno de los cuales deposita en el otro un haz de características y prejuicios históricamente definidos, reproducidos e incorporados –naturalizados-, en base a los cuales actúa en pos de la obtención y monopolio del ejercicio del poder sobre otros.

A través de la narración literaria de la opresión, ubicada en situaciones cotidianas, estos relatos exploran el funcionamiento de algunos mecanismos y tabúes sociales vigentes en nuestro país. De este modo, el sometimiento de ciertos personajes a los designios de otros encarna, en cada caso, modelos conductuales que son percibidos como absurdos no sólo por el lector sino, incluso, por los personajes que se ven arrastrados por la acción. 

Este trabajo sólo funciona como muestra del modo en que la literatura argentina ha leído y dado cuenta de una situación de desigualdad que, como se aclaró al comienzo siguiendo a Pedro Orgambide y a Hugo Ratier, tiene sus orígenes en los mismos comienzos de nuestra historia nacional.  

 

Bibliografía

Ferraudi Curto, María Cecilia (2008) “Inmigrantes en nuestra propia patria”. Apuntes de investigación del CECYP, 13, “Partir”, 2008 (221-225). Buenos Aires, Argentina: Fundación del Sur.
Heker, Liliana (2009-[1982]). Cuentos. Buenos Aires: Punto de Lectura.
Hernández, Juan José (1992- [1977]). “La señorita Estrella” y otros cuentos. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina.
Orgambide, Pedro (1967). “El racismo en Argentina”. Extra, abril, Buenos Aires, Argentina. Disponible en línea: http://www.magicasruinas.com.ar/revdesto033.htm
Ratier, Hugo (1972). El Cabecita Negra. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina.
Rozenmacher, Germán (1971 – [1962]). Cuentos completos. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina.
Spivak, Gayatri C.: “¿Puede hablar el subalterno?” Revista colombiana de antropología 39, enero-diciembre 2003 (297-364). Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia.

 

 

Actas del
CUARTO CONGRESO INTERNACIONAL CELEHIS DE LITERATURA
Literatura española, latinoamericana y argentina
Mar del Plata, 7, 8 y 9 de noviembre de 2011
ISBN 978-987-544-517-8